Artículos y reflexiones

Cuando desaparece la señal: de la dependencia tecnológica a la vulnerabilidad organizacional

La tecnología puede reforzar la seguridad humanitaria. El riesgo aparece cuando las organizaciones pierden la capacidad de operar, pensar y juzgar sin ella.

Julian Harris · Septiembre de 2026

Hace algunos meses escribí sobre los riesgos derivados de la creciente dependencia tecnológica en la seguridad humanitaria: desde los cortes de comunicaciones y las perturbaciones del GPS hasta la pérdida gradual de opciones analógicas de respaldo.

La preocupación no ha desaparecido. Si acaso, se ha vuelto aún más aguda.

La pregunta ya no es simplemente qué ocurre cuando falla la tecnología. Es qué ocurre cuando las organizaciones se acostumbran tanto al apoyo tecnológico que empiezan a debilitarse las competencias, los sistemas y el criterio que hay debajo.

Las organizaciones dependen cada vez más de sistemas digitales para las comunicaciones, la navegación, el seguimiento, la elaboración de informes, la gestión de incidentes, el control de acceso, el intercambio de información y la supervisión operativa.

Los sistemas digitales han aportado beneficios reales. El seguimiento de vehículos es un buen ejemplo. Los sistemas que registran la ubicación, la velocidad y el comportamiento al volante pueden ayudar a reducir kilómetros innecesarios y tiempos al ralentí, identificar excesos de velocidad y conducción brusca, mejorar el mantenimiento y, cuando la información se utiliza activamente, reducir el consumo de combustible y el riesgo vial.

La cuestión, por tanto, no es que la tecnología haya fallado a la seguridad humanitaria. Al contrario.

El peligro aparece cuando una herramienta útil se convierte en una capacidad sin la cual la organización ya no puede funcionar.

La desaparición de la capacidad de respaldo

Una mayor capacidad tecnológica no significa automáticamente una mayor resiliencia.

Cuando caen las redes móviles, se interrumpen las señales satelitales, el suministro eléctrico se vuelve poco fiable o las plataformas en línea dejan de estar accesibles, el impacto operativo puede ser inmediato.

Un sistema de seguimiento de vehículos sirve de poco si no se puede confiar en sus datos de posición. Un árbol de comunicaciones significa poco si todas sus ramas dependen de la misma red. Una plataforma de gestión de crisis tiene un valor limitado si quienes deben utilizarla no pueden acceder a ella durante la crisis.

Por tanto, la resiliencia no consiste simplemente en disponer de equipos de respaldo. Consiste en conservar las competencias y los procedimientos necesarios para utilizarlos.

Una radio HF guardada en un armario no es una medida de respaldo si nadie recuerda cómo usarla. Un mapa de evacuación en papel sirve de poco si el personal nunca ha practicado la navegación sin GPS. Un plan de comunicaciones de respaldo existe solo sobre el papel si los equipos nunca lo han probado.

Los sistemas de respaldo deben practicarse precisamente porque se utilizan con poca frecuencia.

Cuando el sistema se equivoca con seguridad

El reciente conflicto relacionado con Irán ha ofrecido otro recordatorio claro de los peligros de la dependencia tecnológica.

Se han registrado importantes interferencias GNSS/GPS en los accesos al estrecho de Ormuz, el golfo de Omán y el golfo Arábigo. UK Maritime Trade Operations informó de interferencias y suplantación generalizadas, con varios cientos de buques comerciales mostrando comportamientos de posicionamiento anómalos. Algunas trazas electrónicas indicaban velocidades poco realistas, desplazamientos repentinos o barcos que aparentemente atravesaban tierra firme.

Existe una distinción importante entre la interferencia y la suplantación de señal.

La interferencia indica al usuario que el sistema ha dejado de funcionar.

La suplantación puede ser más peligrosa porque el sistema sigue ofreciendo una respuesta, pero la respuesta es incorrecta.

Esa distinción importa mucho más allá de la navegación.

La gestión moderna de la seguridad depende cada vez más de sistemas que recopilan, procesan e interpretan información por nosotros. Las plataformas de seguimiento nos dicen dónde están las personas. Los paneles muestran incidentes y movimientos. Los algoritmos identifican patrones. Cada vez más, la inteligencia artificial puede resumir informes, estructurar evaluaciones y sugerir conclusiones.

El reto, por tanto, no consiste simplemente en mantener alternativas para cuando la tecnología deje de funcionar.

Consiste en conservar el conocimiento y la confianza necesarios para reconocer cuándo una tecnología parece funcionar perfectamente, pero está equivocada.

La IA lleva la cuestión un paso más allá

La inteligencia artificial ya puede ayudar a procesar grandes volúmenes de información, traducir informes, identificar patrones, redactar evaluaciones y apoyar el desarrollo de escenarios.

Bien utilizada, puede ahorrar mucho tiempo. Pero se plantea la misma cuestión de resiliencia.

¿Qué ocurre cuando los analistas empiezan a depender de resúmenes generados por IA en lugar de leer los informes de base? ¿Qué ocurre cuando los responsables se acostumbran a evaluaciones generadas por máquinas y pierden gradualmente la confianza para producir las suyas propias?

Los sistemas de IA son muy buenos produciendo respuestas que suenan coherentes.

Sin embargo, las decisiones de seguridad se toman a menudo en situaciones en las que la información es contradictoria, política, incompleta o deliberadamente engañosa.

A veces, la competencia profesional más importante no consiste en producir una respuesta rápidamente, sino en reconocer cuándo la información disponible no permite justificar una.

La IA puede apoyar el criterio.

No debería sustituirlo.

Las redes humanas siguen siendo infraestructura

Existe otra forma de resiliencia a la que se presta mucha menos atención: las personas.

Conductores de confianza, colegas locales, contactos comunitarios, coordinadores sobre el terreno, equipos de programas y autoridades locales aportan con frecuencia información que nunca aparece en un panel. Perciben cambios de ambiente, comportamiento y relaciones. Saben a quién contactar cuando los canales oficiales dejan de funcionar.

Estas redes no son complementos informales. Son infraestructura operativa.

Pero requieren tiempo para construirse y mantenerse.

Uno de los riesgos de reducir los equipos de seguridad y aumentar las cargas de trabajo es que este trabajo menos visible quede desplazado. La reunión que no parece urgente se aplaza. La visita sobre el terreno se sustituye por una llamada. Un cambio de ánimo o comportamiento pasa desapercibido porque quien podría haberlo detectado está ocupado con informes, autorizaciones de viaje, incidentes y múltiples prioridades concurrentes.

La tecnología puede ayudar a las personas a ver más información.

No puede darles más tiempo para comprenderla.

Y no puede construir una relación en su nombre.

La resiliencia debe diseñarse

El objetivo no debería ser rechazar la tecnología ni frenar su adopción.

Debería ser diseñar sistemas que sigan funcionando cuando la tecnología no esté disponible, sea poco fiable o se vea comprometida.

Eso significa formular preguntas incómodas pero prácticas.

¿Pueden los equipos seguir operando si las redes móviles desaparecen durante 24 horas?

¿Se pueden seguir gestionando los movimientos si el GPS no es fiable?

¿Puede un equipo de crisis funcionar sin su plataforma en línea?

¿Conoce el personal los procedimientos alternativos de comunicación?

¿Pueden los responsables elaborar una evaluación de riesgos sin herramientas automatizadas?

¿Puede una organización cuestionar una conclusión generada por IA en lugar de aceptarla sin más?

¿Y dispone el personal de suficiente tiempo y espacio para mantener las relaciones y la conciencia situacional de las que dependen, en última instancia, las buenas decisiones de seguridad?

Y quizá lo más importante: ¿se ponen a prueba estas capacidades?

Un plan de contingencia que nunca se ha practicado es, en gran medida, teórico.

La tecnología debe reforzar la capacidad, no sustituirla

La seguridad humanitaria siempre ha dependido de la capacidad de adaptación.

La tecnología ha ampliado lo que las organizaciones pueden ver, comunicar y analizar. El seguimiento de vehículos, las comunicaciones por satélite, la cartografía digital y, cada vez más, la inteligencia artificial ofrecen capacidades que generaciones anteriores de profesionales de la seguridad habrían recibido con agrado.

La pregunta no es si debemos utilizarlas.

Debemos hacerlo.

La pregunta es qué ocurre con la organización que hay debajo de esos sistemas.

La resiliencia consiste en conservar la capacidad de operar cuando los sistemas no están disponibles, preservar el criterio necesario para reconocer cuándo la tecnología se equivoca y dar a las personas suficiente capacidad para mantener las relaciones y el conocimiento que la tecnología no puede reproducir.

Las organizaciones más sólidas no serán las que tengan los sistemas más sofisticados.

Serán las que puedan funcionar tanto con ellos como sin ellos.

Lo básico quizá no sea mejor.

Pero funciona.

Este artículo desarrolla una reflexión anterior, “When the Signal Dies: Rethinking Tech Reliance in Humanitarian Security”, publicada originalmente en LinkedIn.

Fuentes seleccionadas

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